OPINIÓN: Luto humano en Guerrero

Gaudencio Mejía Morales

Guerrero film” de Ludovic Bonleux, presentado en el zócalo de Tlapa el viernes 28 de abril, es una trágica y amarga historia.

El ojo audaz de un documentalista francés retrata con extrema frialdad la cruda, dramática y dolorosa historia reciente de Guerrero, que es al final de cuentas, un gran espejo de la realidad mexicana.

Se trata de tres historias que convergen en una gran ola de indignación nacional, con la desaparición de 43 estudiantes normalistas jóvenes de Ayotzinapa hace dos años. Que entre uno de sus protagonistas busca a sus muertos y desaparecidos entre matorrales, no importa cómo ni en qué estado pero encontrarlos para conseguir la paz consigo mismo.  

Otro escenario donde jóvenes solidarios que, al aferrarse a su digna indignación, toman un Ayuntamiento municipal hundido en el fango de la corrupción venal, y en su afán por impedir la realización de las elecciones sufren una terrible represión y la pérdida de una vida, la de Antonio Vivar; y el tercer de los escenarios, se da en Petaquillas que ante las acechanzas del crimen organizado respaldado por actores políticos, deciden tomar las armas para defender su espacio comunitario, exponiendo sus vidas ante el abandono de la seguridad estatal.  

Escenarios crueles y dolorosos, con un realismo despiadado e inclemente que parece no ser real, sino ficción de este documentalista que nos vino a refrescar nuestros pedazos de memoria en un documental con muchas imágenes que, al final de cuentas, se guardan estrellados en nuestra memoria colectiva.

El documental es un trabajo profesional, que me recuerda a esa estrategia militar que para matar al pez bastaba con quitarle el agua, después se dijo que no había necesidad de tanto, sino que bastaba con dejar el pez en la pecera con el único cambio de “hacerle la vida imposible”. En este caso, nosotros somos los peces en una atmosfera nebulosa. Peces en una gran pecera nacional, donde se nos hace la vida imposible a todos cuantos vivimos rodeados y concatenados en este escenario social de violencia.  A todos nos hacen la vida imposible, creándonos  terror, miedo, desasosiego  y zozobra.

Por eso a mi juicio, estas tres historias que nos presenta el director francés, convergen en un solo camino al final. Nos muestra como a la vuelta de la esquina se vive un sistema de terror,  y nosotros, los otros hacen como que no ven, para dejar pasar lo que a nosotros no nos pase.  Vemos como se utiliza el aparato represivo del estado para desactivar cualquier protesta social,  y que en principio toda acción del Estado va asociado con la imposición del miedo, la turbación y la desconfianza de todo a todos.

Y el resultado ahí está. En una de las historias concatenadas, Mario, cuenta que su madre le recomienda no hablar con nadie, con contestar a nadie, no voltear a ver a nadie; y que en realidad ese es el objetivo de esta guerra impuesta por el sátrapa de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, con el único propósito de desactivar la esperanza, la participación social y política, y para inmovilizar a la sociedad. Imponer a costa de lo que sea, un miedo que no tiene principio ni fin. Un miedo en un túnel sin salida.

Dicen que los toros bravos se ven mejor por fuera. Luduvic con su buen ojo clínico de cirujano nos convoca y nos dice, miren, esto es lo que está pasando; véanse, aquí está su espejo. No apaguen su esperanza, ni se rindan al miedo impuesto, por lo menos ese es mi sentir al ver las imágenes del filme.

Es en sí, un documental con reflejo directo, inmediato a una realidad hiriente. Tres historias con escenarios distintos pero convergentes. Tres voces que hablan en medio de murmullos rulfianos, con finales trágicos, con la imposición de estrategias de un Estado policiaco.

Decía José Revueltas, el imprescindible escritor autodidacta y varias veces encarcelado por su militancia y por sus ideas políticas, citando a Dostoievski, dijo que “la realidad siempre resulta un poco más fantástica”.  El documental reafirme esta sentencia del gran escritor ruso.

Revueltas dice que “lo terrible es siempre inaparente. Lo terrible no es lo que imaginamos como tal: está siempre en lo más sencillo, en lo que tenemos  más alcance de la mano y en lo que vivimos con mayor angustia y que viene a ser incomunicable por dos razones: una, cierto pudor del sufrimiento para expresarse; otra, la inverosimilitud: que no sabemos demostrar que aquello sea espantosamente cierto.”

Cierto. Lo terrible está en lo más sencillo, lo que está más al alcance nuestro, y que no es otra cosa que nuestros familiares y amigos más cercanos, que con su pérdida vivimos una angustia desnuda.

Aquí estamos ante un horror concreto, el horror en una de sus manifestaciones más descalzas, cuando vemos la historia de Mario, donde es él el protagonista y el verdadero actor que muestra hasta con cierta ternura toda la tortura que nos traslada en la conciencia, al buscar los restos de su hermano para estar en paz. Ya no se trata de encontrarlo vivo, sino de encontrar tan sólo algún rastro de su cuerpo, haciéndose acompañar del perro, y de señoras y señores de avanzada edad, y hasta con niños que están emparentados, hasta con cierta normalidad, con los pozos malolientes, encontrando tan sólo pedazos de huesitos de muertos que son de todos nosotros. Quién pudiera imaginar esta situación en un país de tanta grandeza cultural.

Pero esta grandeza del pasado está en jaque. A México lo enfermaron con estrategias de guerra para que nos pegue a todos y todas, y ahora este país  está enfermo hasta en sus  huesos. Ahora es un cuadro espantoso de desorden sanguinario. Es ahora una descomposición social terrible. Un mundo de impunidad e  impulsos salvajes donde el poder sólo está al servicio y necesidad de las clases superiores tradicionales.

Dicen que ni la luz ni la muerte se pueden se pueden mirar o contemplar con los ojos abiertos, pero Luduvic, desafía este dicho y  nos muestra imágenes mortuorias que nos asombran porque de momento creemos que son irreales, o al revés, que son tan reales que hasta parecen normales, y que a muchos a lo mejor ni nos inmutan, pero la muerte no sabe mentir, ni tiene interés de engañar.

Observamos protagonistas que desafían la fatalidad, buscando salida a horizontes prisioneros, donde no se imagina siquiera la esperanza.

Mario en medio de los huesos de víctimas sin nombre, entre el miedo y el anhelo, vive entre la realidad como un fardo pesado, más violenta que cualquier ensueño.

Vemos personajes que con sus voces rasgan el silencio para recordarnos que callar es la peor contribución para empedrar el camino hacia nuestra muerte colectiva.  Nos transmiten sus vacíos terribles donde no caben las respiraciones.  Protagonistas que lloran con llantos inversos hacia sus entrañas, hacia tinieblas interiores donde es de suponer que las lágrimas no hacen tanto daño, pero que muerden vísceras y tejidos orgánicos a la manera de Revueltas.  

El documental nos transmite esa atmosfera estorbosa, sucia, nebulosa, generada por la mano y la omisión y negligencia del Estado, que prefiere el vacío terrible y un paisaje de tinieblas, una mirada lastimera y vaga, se opta por la impotencia y la inacción vergonzante.

Pobre de México, pobre de Guerrero, donde las autoridades prefieren el verbo raro y la palabra extraña, en este escenario cruento.

Luego entonces, a la manera del poeta León Felipe, he de decir que “yo me voy a crecer con los muertos. Volveré mañana en la cárcel del viento.”

Volvamos a la voz del comienzo del mundo, y a la manera de Job, imprequemos el injusto dolor de los justos, mientras, sigamos utilizando los ojos para llorar y para ver filmes como el  “Guerrero film” de Ludovic Bonleux.

 

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